La frustración de los jóvenes pobres en busca de empleo
EL FUTURO COMO AMENAZA
Para los jóvenes de entre 15 y 24 años conseguir trabajo resulta algo muy complicado. Y si se trata de jóvenes pobres mucho peor. Sin la “moratoria” que disfrutan los adolescentes de clase alta y media-alta, deben “changuear” para sobrevivir y aumentar el ingreso de sus hogares, desertando de un sistema escolar que, de todos modos, ya no garantiza empleos de calidad ni funciona como un factor de movilidad social ascendente.
Es indiscutible que, en los últimos cuatro años, un análisis objetivo del mercado laboral indica un aumento importante en la cantidad de empleo, lo que permitió, aunque en una medida menor, la reducción de la pobreza, pero que no se refleja en la calidad de ese empleo (el 43% de los asalariados trabajan en negro) ni en la distribución del ingreso.
O sea que, con las limitaciones indicadas, hubo un mejoramiento general de la población asalariada a partir de la evolución del mercado de trabajo.
Pero existe un segmento etáreo de la población donde esta mejora pasó absolutamente desapercibida: los jóvenes de entre 15 y 24 años de edad. Es la franja más castigada, más allá de la extracción social de los adolescentes y constituye, en parte, un fenómeno mundial, ya que la propia Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha constatado que la probabilidad de estar desocupado es tres veces mayor para los jóvenes que para los adultos.
Pero, claro está, el mundo no es igual para todos ni la condición social constituye una cuestión irrelevante.
Jóvenes ricos y jóvenes pobres
Los jóvenes fueron víctimas privilegiadas de las políticas de ajuste estructural y apertura económica de los años noventa que, como se sabe, multiplicaron el desempleo y la pobreza y ensancharon dramáticamente las brechas sociales.
Pese a que los jóvenes de esos años poseían tasas de escolarización más altas que sus mayores, las posibilidades de ingresar al mercado laboral se esfumaron casi por completo. Y prácticamente desaparecieron para los adolescentes pobres y/o de bajo nivel educativo.
En principio, no está de más recordar que la juventud tiene menos que ver con los años que con una construcción de tipo social e histórica. La juventud como hecho concreto se asocia, en realidad, a los chicos de clase media que, más allá de algunos brotes de inconformismo y rebeldía, transitan por una etapa de formación educativa que los prepara para la vida adulta, aunque en algunos casos procuren emplearse y obtener ingresos que en ningún caso son determinantes para sus hogares.
Pero otro es el caso de los jóvenes que luchan para sobrevivir. Según dice un estudio reciente del Ministerio de Trabajo de la Nación, “la incorporación de los jóvenes en el mundo del trabajo constituye una estrategia frecuente para los hogares pobres, que necesitan aumentar sus ingresos. De este modo, se verifica que un elevado porcentaje de jóvenes provenientes de familias de bajos recursos se vuelcan al mercado de trabajo a pesar de no contar con las calificaciones demandas para la obtención de empleos de calidad, lo que redunda en situaciones de desempleo y de precariedad laboral”.
Para estos jóvenes no existe ese tiempo de tolerancia, utilizado para ejercitarse y prepararse para asumir los roles de los adultos, que Erik Erikson llamó “moratoria social”.
Los trabajos marginales
Para esos jóvenes, el crecimiento económico es apenas un titular en las páginas de los diarios, pero no asoma por su vida cotidiana ni les ofrece esperanzas de revertir sus condiciones de vida. El escaso “trabajo” que aparece no se emparenta con la estabilidad, los beneficios sociales o la protección laboral.
Se trata, a lo sumo, de “changas” en la construcción, la carga y descarga de camiones, la venta ambulantes o el arreglo de jardines, en el caso de los varones, y el servicio doméstico para las mujeres. Es decir, ocupaciones totalmente marginales, precarias, “en negro” y con pésimas condiciones de salubridad.
Es como si a esos jóvenes se los invitara sistemáticamente a optar entre esos “trabajos” y el robo como afirmación social y estrategia de sobrevivencia. Por las dudas, se los criminaliza antes de ejercitar esa opción, culpándolos de la inseguridad y proclamando la necesidad de incrementar las penas y reducir la edad de imputabilidad. En el caso de Córdoba, los móviles del Comando de Acción Preventiva (CAP), que orbitan en las villas y barrios pobres, son mucho más visibles que las oportunidades laborales.
También aparecen a veces otros trabajos, supuestamente mejores, en los call center o como cajeros o repositores de los supermercados. Los salarios son ínfimos y el nivel de explotación terrible. Pero, además, esas empresas, o las agencias de empleo eventual que los contratan, exigen estudios secundarios, y a veces terciarios, para puestos que de ningún modo lo requieren.
Si bien es llamativa la falta de referencias a las mujeres en los estudios sobre la juventud en la Argentina, está claro que para ellas, en general, las tasas de desempleo son más altas, la precarización mayor y los salarios inferiores.
Pero el listado no se agota únicamente en jóvenes condenados a un trabajo precario y mal remunerado: hay jóvenes que muy probablemente jamás ingresarán al ámbito del empleo y sus vidas estarán signadas por la exclusión social.
Vidas de baja cotización
Sucede que para el Estado, y para buena parte de la sociedad, la vida de un joven pobre no cotiza demasiado alto. Lo dijo meses atrás, con enorme claridad y cinismo, la Cámara de Apelaciones en lo Civil, Comercial y Laboral de Rafaela, provincia de Santa Fe, cuando rechazó el pedido de resarcimiento económico de 57.000 pesos, reduciendole a sólo 8.000, de los padres de un joven que pereció en un accidente de tránsito. Los jueces escribieron, en el fallo, que por su condición social humilde el chico muerto jamás hubiera llegado a mejorar su situación económica. “Sus sueños de progreso culminarán, por el peso de la realidad, transfórmandose en verdaderas utopías”, precisaron.
Agustín Salvia indica que el problema de fondo, para los jóvenes pobres, no se reduce a las altas tasas de desempleo sino a las “posibilidades de capacidad de acceder a un conjunto acotado de oportunidades”.
“El acceso a una educación y a un empleo de calidad -añade- parece depender fundamentalmente de un sistema social que genera trayectorias desiguales para los jóvenes según sus recursos socioeducativos, origen familiar y otros factores de discriminación étnica, sexual o residencial. Si esto es así, el mercado laboral no operaría de manera segmentada en desventaja de los jóvenes en general, sino sobre determinados grupos así como al interior de otros sectores-. A su vez, estas condiciones familiares y personales tienden a reproducir de manera ampliada la segmentación de la oferta laboral juvenil. No todos los jóvenes pueden continuar estudios secundarios o superiores; ni acceder cuando logran mantenerse en el sistema educativo- a igual calidad de formación. Por una parte, debido a la falta de recursos para invertir en educación; por otra, debido a la mayor urgencia o necesidad de emancipación o generar ingreso para el hogar. De esta manera, los jóvenes de sectores más vulnerables son los primeros en ingresar al mundo del trabajo, a la vez que dado su déficit de credenciales educativas o sociales, son los últimos en la fila para acceder a un empleo de calidad. Estos hechos apoyan la tesis de que tanto las condiciones macro económicas como aquellas vinculadas a la estructura social constituyen las dimensiones explicativas más importantes para entender la precaria inserción laboral de la mayor parte de los jóvenes en el actual contexto económico y social”.
(In) movilidad social y educación
Es sabido por todos que una buena parte de los jóvenes pobres que se incorporan prematuramente al mercado laboral desertan del sistema educativo, lo que restringe aún más las posibilidades de que, más adelante, logren empleos de mejor calidad, susceptibles de arrancarlos de la situación de pobreza.
Pero aunque no dejaran de asistir a clases, como precisa Florencia Mezzadra, en la Argentina no hay educación igual para todos, ya que “los pobres aprenden menos porque el Estado ofrece menos a los que tienen menos y más a los que tienen más”. Y añade: “No alcanza con compensaciones que pongan a los chicos en el mismo punto de partida porque es el propio sistema escolar el que desiguala”. O sea, no sirve para superar los desequilibrios sino que, por el contrario, los consolida y prolonga.
Además, el desajuste entre el sistema educativo y las exigencias del mercado laboral es formidable. En ese desajuste, la virtual desaparición de las escuelas técnicas agrava sensiblemente el panorama.
Pero por otro lado, y para disipar visiones simplistas, es necesario subrayar que el título secundario, o incluso el universitario, que en alguna época abría oportunidades laborales, ya no constituye un resguardo contra el desempleo. Sobre el particular, un reciente estudio de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA concluye que hoy en día ya no basta tener estudios para crecer en la escala social. “Actualmente, sólo dos de cada diez jóvenes de entre 18 y 25 años de los hogares más pobres del país con estudios universitarios tienen un empleo de calidad o pleno (asalariados y cuyo sueldo supera la canasta básica de alimentos). En cambio, son siete de cada diez los jóvenes de los hogares más ricos con título universitario los que obtienen un empleo de esas características”, consigna.
Sucede que la disparidad y la erosión social se impone ampliamente a la formación educativa y lo que juega decisivamente a favor de los segmentos altos y medios-altos de la pirámide social son las redes de influencia y el respaldo de las estructuras familiares. Como puntualiza Claudia Jacinto, la educación secundaria no protege a los jóvenes contra el desempleo y el esfuerzo educativo tiene poco que ver con la inserción laboral. “Los mejores trabajos los consiguen jóvenes con familias de mayor poder adquisitivo y mejores relaciones sociales”.
El telón de fondo de este dramático paisaje es la irremediable agonía de la movilidad social en la Argentina. La idea de ascenso social que ilusionaba a generaciones pasadas se da de bruces contra la realidad en un escenario donde no se vislumbra un proyecto de Nación inclusivo y viable.
En tanto, el Estado actual parece incapaz, con sus funciones y configuración, de ofrecer respuestas políticas válidas a la cuestión de los jóvenes pobres. El remedio, por ahora, sigue estando en la capacidad de los propios jóvenes de organizarse y movilizarse para demandar transformaciones de fondo en la asignación de las oportunidades sociales.
Roberto Reyna
LA REALIDAD EN NUMEROS