Desafíos Urbanos Nº 57

Teresa “Chinina” Zamora, presidenta de la Cooperativa Los Carreros de Villa Urquiza

“LOS CHICOS NO TIENEN OTRA SALIDA MAS QUE LA MUERTE”

Villa Urquiza es uno de los tantos "rincones del olvido" de la ciudad de Córdoba. Alejada de las vidrieras lujosas de las peatonales del centro, aparece la cara invisible de nuestros consumos cotidianos: la Cooperativa Los Carreros. Un basural que no sólo incluye papeles en desuso o hierros oxidados, sino también una lucha diaria contra la violencia y el desamparo. Por eso Chinina, su presidenta, tiene muchas explicaciones para dar acerca de la creciente drogadicción que afecta a los jóvenes del barrio. La Cooperativa a la que decidió dedicar su vida se ha constituido como uno de los únicos espacios de contención para los chicos que, del otro lado de la vidriera, no encontraron otro camino más que la droga.


"En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones.
Una sola cosa inquieta en este justo panorama:
 lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural". 

Julio Cortázar


Después de algunas vueltas por las calles descuidadas de Villa Urquiza, nos encontramos con una gran puerta azul que deja entrever la inscripción "Cooperativa". Nadie percibe nuestra presencia al asomarnos al galpón. En una gran mesa rodeada de pilas con diferentes tipos de residuos, niños, niñas, jóvenes y adultos charlan mientras se va haciendo más fuerte el olor del guiso que parece llevar varios minutos hirviendo en la olla. Alguien se da vuelta y nos mira un poco sorprendido: preguntamos por Chinina. La mujer aparece, nos invita a subir por una pequeña escalera improvisada con dos maderas y nos arrima dos sillas un poco despintadas.

Sin necesidad de preguntas, Chinina comienza a hablar. Tiene mucho para decir, y el paco -que aparecía como nuestra principal inquietud- se va desdibujando entre tantas otras palabras que la realidad de Villa Urquiza invoca. Niñas de 11 años que ya son madres, otras que intentan evitarlo y terminan muriendo por abortos clandestinos, bebés que son abandonados en la puerta de la Cooperativa, niños violados por sus propios familiares… Entre tantas imágenes de dolor y violencia la droga aparece, más que nunca, como el único refugio para los jóvenes del barrio. Buscando escapar de esa realidad, los chicos empiezan a "volar" -como dicen ellos -, "a estar en su mundo, un mundo en el que nadie los escucha, nadie les habla, en el que no tienen otra salida más que la muerte", explica Chinina para describir un poco mejor la sensación de quienes consumen.

 

Los suicidios

"Hemos tenido muchos ahorcados este año y otros que se han pegado tiros. Y es todo por la droga", "en enero hubo varios, uno atrás del otro: fueron tres los ahorcados y tres o cuatro que se pegaron un tiro" denuncia Chinina con una mirada cargada de años de esperar una respuesta al problema. El gobierno, comenta, parece justificar estas muertes simplemente porque Villa Urquiza es considerada zona roja. "Pero son nuestros hijos, porque yo desde el comedor los he visto crecer y se nos han ido de las manos por no tener ayuda", relata la mujer. Sus palabras están repletas de suspiros y la manera en la que las suelta, una por una, reflejan el modo en que año tras año los vecinos que forman parte de la Cooperativa han intentado rescatar a niños y jóvenes de las situaciones más difíciles: "uno tiene que tener la precaución de estar al lado de ellos, porque ya hemos salvado a varios que se querían ahorcar".

Respecto a cuáles son las drogas que están destruyendo a los adolescentes de Villa Urquiza en los últimos meses, desde la asociación de carreros explican que no hay certezas, aunque muchas mujeres están convencidas de que no es la droga que se consumía habitualmente: "No sabemos que es, hay gente que asegura que es paco y hay otros que dicen que no es paco sino pastillas de enfermos de sida, que mezclan con cerveza, vino, y eso hace que los chicos se vuelvan locos y terminen con su vida". Aparentemente, esta mezcla de diferentes sustancias en muchos casos las elaborarían los mismos jóvenes con remedios y otros elementos que tienen a su alcance.

Billy, uno de los jóvenes que estuvo internado por graves problemas de drogadicción y que actualmente se está recuperando mediante el trabajo que realiza como carrero, precisa que en algunos lugares del barrio ha visto paco. Pero agrega: "Eso se usa más en Buenos Aires, acá se ve muy poco" y relata que las drogas que más circulan en la zona son la marihuana, la cocaína y la fana, que es la más perjudicial.

Aunque no se conozca exactamente cuál es la sustancia que los jóvenes de Villa Urquiza han comenzado a consumir, el día a día no deja lugar a duda acerca de los efectos que les está provocando: "Esa mezcla hace que ellos tomen determinaciones muy tremendas; se ponen a jugar a la ruleta, es una cosa muy triste para nosotros que estén con un arma y saber que en un segundo pueden estar muertos". Esto es lo que sucedió hace pocos meses, cuando un carrero de 16 años que volvía a su casa se cruzó con un grupo de chicos que, drogados, disparaban en una de las calles del barrio. Uno de los disparos impactó en su espalda y el chico murió. "Queda como que se enfrentaron barras con barras y no es así", aclara la mujer. "La policía y los forenses saben bien que es por la droga, pero eso no dan las estadísticas", concluye Chinina mientras agita las manos intentando alejar a los mosquitos que, a pesar del frío, persisten entre la basura acumulada en su lugar de trabajo.

 

"Ninguno quiere ser malo"

Las consecuencias que la adicción genera en los chicos no es, quizás, más que un detalle en el testimonio de esta madre de Villa Urquiza. Porque antes, mucho antes que la violencia y la drogadicción, las miradas de los vecinos anticipan un desamparo que aparece como el origen evidente de esta problemática. "Los chicos andan deambulando, uno los ve y se pregunta ¿Por qué? Y porque no tienen nada y están muy aburridos de vivir", cuenta Chinina para adentrarse en las causas de esta situación.

"Lo que nos preocupa es que no hay trabajo para el joven, para que se inserte y pueda vivir su vida plena", precisa la referente de los carreros mientras recuerda con nostalgia su infancia en el campo. "Al no haber trabajo el chico se da a la droga, y después no sabe como salir y tampoco sabe como hacer para tener y seguir consumiendo". Es esta parte de la larga cadena que los jóvenes van transitando en el barrio la que deriva en la delincuencia: "¿Que hacen para seguir consumiendo? Arrebatan carteras, bolsos, cualquier cosa que a ellos les parezca que pueden arrebatar para vender", concluye Chinina como si se tratara de un cuento con un triste final.

Y como siempre, a la historia le sucede su moraleja: "Ninguno quiere ser malo", reflexiona Teresa. "Se portan tan mal porque nadie les lleva el apunte", dice como madre adoptiva de muchos de los niños del barrio. Desde la Cooperativa, aclara, hace años que los vecinos vienen comprobando la carencia total de políticas estatales para mejorar las condiciones en que se vive la infancia en este rincón de la ciudad.

 

"Les convidan y después no salen"

"Siempre hay alguien que les convida y después no salen, ese es el problema" -relata Teresa Zamora-, "eso hace que después él sea otro comprador más, y así se van sumando". Así es, también, como logran subsistir quienes venden la droga en Villa Urquiza. Pero a pesar de su sufrimiento, Chinina tampoco se siente capaz de juzgar a las personas que para poder sobrevivir terminan involucradas en el narcotráfico: "Los que venden lo hacen por hambre también. El tema de la pobreza es muy grande, y tener hambre uno lo ha sufrido y lo va a seguir sufriendo", expresa la referente de los carreros de Villa Urquiza demostrando que su lucha es contra una realidad que ella misma soporta en su vida cotidiana.

De cualquier manera, al igual que desde la organización Unidhos de Villa El Libertador, desde la Cooperativa de Villa Urquiza afirman que gente del barrio les vende a los chicos drogas que al principio son muy baratas, pero después terminan saliendo muy caras porque los consumidores necesitan comprar cada vez más. "Eso es lo que hace que el chico siga delinquiendo" explica Chinina y agrega que la situación se agrava porque muchas veces los vendedores suelen también comprarle a los jóvenes los objetos que ellos roban para consumir.

Pero la droga que mas preocupa a los vecinos en cuanto a su comercialización es la fana (pegamento con tolueno), ya que consideran que es la más peligrosa que circula en el barrio y desde los 10 años los niños comienzan a consumirla, debido a que "tiene una venta libre y la compran fácilmente".

 

"Los chicos están solos"

El testimonio de Teresa Zamora demuestra que las posibilidades de que los jóvenes adictos puedan recuperarse con ayuda de su entorno son muy pocas. La pobreza también castiga a las familias y muchas veces las madres "están solas con el drama de los chicos, porque el marido trabaja para tomar vino y ellas tienen que salir a buscar para que los chicos no se mueran de hambre". "El chico vive también en esa parte de la violencia familiar", reflexiona la mujer ilustrando una causa más para que los chicos terminen cediendo ante las drogas. "A veces querés hablar con la madre, y la madre se esconde, el padre también; es como que no quieren ver la realidad. Entonces nosotros decimos que los chicos están solos: ¿Que hacemos? ¿Los dejamos? ¿Los ayudamos? Pedimos ayuda y no nos dan. Verdaderamente no sabemos que hacer".

La escuela tampoco parece estar dispuesta a contener a los niños: según explican desde la Cooperativa, cuando una madre recurre a esta institución para pedir ayuda frente a la droga, las maestras terminan echando a su hijo del establecimiento. "Eso hace que el chico deambule, porque la escuela es una parte fundamental para el niño, mas cuando es chico, que está en la edad en la que si se lo puede rescatar", expresa Chinina elevando la mirada para ver como su nieta de siete años transforma dos envases plásticos -sacados de una de las montañas de basura- en patines para jugar.

 

Una puerta abierta

"Esa puerta no se le cierra a nadie, al contrario, está para brindarle una mano y ayudar a los que lo necesitan" afirma Billy con énfasis señalando la entrada de la Cooperativa. El, como muchos otros jóvenes del barrio, sabe que la asociación de carreros se erige como una de las únicas esferas de contención para enfrentar la adicción y salir adelante. Mediante un plato de comida -desde el comedor que actualmente funciona en el lugar-,  mediante un simple espacio para jugar o tomar mates y lo que es aún más importante, mediante la posibilidad de dar algo de sí mismos trabajando como carreros, los chicos empiezan a enfrentar su dependencia con las drogas y a sentir que vale la pena empezar de nuevo.

"Desde que estoy acá me siento mucho mejor", relata Billy o "Hércules", como le decían para agregar un poco de humor e ironía al triste estado en el que el joven de 21 años se encontraba cuando se acercó a la Cooperativa. "Cuando vino acá todo lo que agarraba se le caía de las manos, entonces vi que el tema de la droga estaba muy avanzado", explica esta madre postiza para describir el momento en que decidió hacerse cargo del joven y sacarlo del instituto de menores en el que se encontraba. "Antes de venir acá no podía estar sin drogarme, y hacía cualquier cosa, sacaba, robaba", recuerda el chico.

Respecto a que lo llevó a empezar a consumir, titubeando, Billy reconoce: "Fue de chico, cuando se separó mi viejo de mi". Pero rápidamente vuelve a cambiar de tema para demostrar que ya nada es lo mismo: "Desde que estoy acá cambié mucho. No solo yo, sino muchos chicos que gracias a la cooperativa se han apartado de la droga y han empezado otra vida". Billy se levanta para seguir acomodando el hierro en la pila correspondiente, pero antes hace una última aclaración como pidiendo ayuda: "No quiero que nos cierren la cooperativa porque cuando nos cierren acá voy a caer de nuevo en el pozo donde estaba", dice y se aleja para continuar con su trabajo.

"Una familia del rincón del olvido"

Acercándonos al final de este encuentro, Chinina aclara que a pesar de la ausencia total del Estado frente a las grandes necesidades de Villa Urquiza, la Cooperativa Los Carreros continúa  resistiendo. "Somos personas que trabajamos, hacemos un caminito, llevamos una carga como las hormigas, que cada vez nos pesa más. A veces hacemos cosas que tendrían que hacer los gobiernos, pero bueno, no nos ayudan y no vamos a dejar que se mueran nuestros hijos", sostiene  con firmeza. Y reflexiona: "Estamos formando una nueva familia de otro rincón, del rincón del olvido".

"Nosotros decimos: "de a poquito tenemos que sacarlos". Pero si yo tuviera dinero no lo haría de a poquito, lo haría masivamente". Así, Chinina acepta que no todo está en sus manos, pero en este mismo momento, mientras sus palabras quedan selladas en el papel, sabe que hay algo que aún esta a su alcance:  "Soy incansable: la única arma que tengo es la lengua y tenemos que seguir hablando para ver si algún día somos escuchados".

 Lucia Maina